Sueños [historias de #heroínas]

Hace ya dos años que cruzó el mar para buscar una vida mejor, dejando en su país la mitad de su corazón: A su marido y a sus dos hijos. 

Echa de menos a Arturo y Carolina, sus hijos de tan solo ocho y doce años. No hay momento del día en que no piense en ellos con añoranza. Lo hace mientras trabaja, cuando camina por la calle, cada vez que ve algo que quisiera enseñarles, y sobre todo cuando se cruza con alguien que se les parece, como ese niño de oscuros cabellos que se sentó aquella mañana junto a ella en el transporte, o esa chica que le cedió el paso hacia el interior de una tienda mientras le sujetaba la puerta. 

También echa de menos a su marido, que los cuida allá en su país natal. Es normal que los añore y sabe no es la única en esa situación, pero el consuelo es poco.

Esa tarde después del trabajo cuando regresa al pequeño apartamento donde vive encuentra sus compañeras en el salón viendo la novela en la televisión mientras comen porquerías. Son cuatro mujeres en un piso de dos habitaciones, ella es la de mayor edad. Las hermanas comparten una habitación y ella duerme con Flory en la otra. Son muy diferentes, Flory es una joven idealista que trata de convertirse en modelo, convencida de que algún día lo conseguirá. Tiene demasiados pajaritos en la cabeza, tiende a protestar por todo, y aunque a ella le gustaría decirle que la vida es muy corta para andar persiguiendo sueños imposibles, prefiere callarse. Al fin y al cabo ella también fue joven y tuvo sueños. 

Las hermanas en cambio se pasan el día discutiendo y casi siempre por tonterías, por quién fue la primera en fijarse en aquel chico en la discoteca, o quién se ha comido la última barrita de chocolate. Su actitud le molesta, no saben lo que ella daría por poder estar con su familia.

Apenas para unos minutos en el piso, lo justo para cambiarse de ropa y bajar al locutorio para hablar por teléfono con su marido. Trata de hacerlo cada día y, aunque muchas veces no es posible llegar a conectar, lo que nunca falla es su envío mensual de dinero. Cobra poco por limpiar casas aquí, pero sabe que en su país el salario que recibe es casi digno, y tanto ella como su marido están ahorrando para el momento en que por fin puedan viajar, buscar una casa para ellos y reconstruir su vida juntos. Ya queda poco, quizá unos meses, y el deseo más profundo de su corazón se hará realidad.

Las cosas, no obstante, dan un brusco giro al día siguiente cuando a primera hora de la mañana, mientras desayuna y se prepara para emprender la jornada, recibe una llamada de su jefe. Sin el menor tacto ni consideración su voz áspera le informa de que ha habido un robo en una de las casas en las que limpia y la clienta insiste en que la ladrona ha sido ella. Trata de defenderse por supuesto, pero no importa nada de lo que dice. En su empresa el cliente siempre tiene la razón, aunque no la tenga, de modo que es irremediablemente despedida sin un céntimo de compensación ni recomendaciones. 

Flory pasa la tarde con ella, intentando consolarla, incluso propone encontrar al auténtico ladrón y denunciarlo, pero ella sabe que no hay nada que puedan hacer. Conoce al verdadero culpable del robo. Ella misma vio a la hija adolescente de esa clienta robar dinero directamente del bolso de su madre. No dijo nada, no quería meterse en problemas, pero a veces los problemas te persiguen y por mucho que corras te terminan alcanzando.

Esa misma noche consigue hablar con su marido. Tal vez si encuentra otro empleo pronto no tenga que gastar demasiado dinero de sus ahorros… Sin embargo sabe lo difícil que es encontrar trabajo, más todavía para una mujer migrante de su edad. 

Las semanas pasan sin éxito en la búsqueda y ella siente tentaciones de abandonarlo todo, de gastar lo poco que tiene en un billete para volver a casa con su familia. Su marido ha cambiado de opinión, le dice que vuelva, que compre un billete y que empiecen de nuevo. Allá en su pueblo la vecina ha abierto una tienda y le promete un puesto como ayudante, pero ella no sabe qué hacer. Dar ese paso sería volver atrás, casi al comienzo. 

Un día Flory llega al apartamento con una gran sonrisa. El trabajo que consiguió ha salido bien, le han pagado una buena suma y trae consigo un sobre que le entrega a ella. Dentro hay un billete de avión con destino a su país.

«Regresa con ellos», le dice Flory «Abraza a tus hijos y ama a tu marido. A veces es mejor ser feliz con lo que uno tiene que ser desdichado tratando de conseguir más».

Se le antojan sabías las palabras de su compañera, y muy extraño que vengan de ella, aunque tal vez ha subestimado a Flory. Es una buena chica y despedirse de ella resulta más duro de lo que imaginó al principio.

Pocos días después cruza el umbral de un hogar al que nunca pensó que regresaría, pero la sensación de fracaso no dura mucho. Se desvanece en cuanto besa a su marido y estrecha a Arturo y Carolina entre sus brazos.

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